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  • Ernesto Camou Healy

Eusebio Francisco Kino: la última frontera



La misión

Después de siete peticiones al padre Oliva, Prepósito General de los jesuitas, el joven Francisco Eusebio Kino, sj, recibió una carta ambigua en la que se le concedía su deseo de ser misionero. En ella el padre General lo destinaba, junto con un compañero, el padre Antonio Kerschpamer, a las misiones, uno a Oriente, el otro a México; que su provincial eligiera. Éste, a su vez, les dejó la decisión a los dos noveles misioneros.


No se pudieron poner de acuerdo: era tal su desprendimiento, y su caballerosidad, que cada uno dejaba al otro elegir. "Después de estar empeñados durante algún tiempo en este pío esfuerzo de dar al otro la preferencia, pensamos en dejar que la suerte decidiera nuestro destino -escribió Kino tiempo después. Por consiguiente, escribimos México en un trozo de papel y Filipinas en otro. Al echarlo a suertes, el padre Antonio sacó las Filipinas y yo México".


Corría el año de 1678, y el deseo de Kino por pasar a la China databa cuando menos de 1663: cuando era estudiante en el colegio de Hall, cerca de Innsbruck, enfermó gravemente y estuvo a punto de morir. En ese momento "hice el voto de que, si recobraba la salud, buscaría alcanzar tanto la Compañía como la misión". Fue entonces cuando añadió el Francisco a su nombre original, en acción de gracias a su patrono, san Francisco Xavier.


Kino había nacido en el Tirol, en Segno, al norte de la ciudad de Trento. Entró al noviciado en 1665, en la provincia de la Alemania Superior. Cuando por fin pasó a las Indias, contaba con 35 años y una sólida formación, sobre todo en matemáticas y geografía. Cuando era estudiante era ya legendaria la figura del padre Matteo Ricci que había fallecido en China en 1610. Tenía, por otra parte, un tío que también había sido misionero y geógrafo para más admiración: el padre Martín Martín: "que escribió aquellos insignes tomos y mapas geográficos del gran imperio y monarquía de la Gran China".


Viajes fallidos y el estudio

El 12 de junio de 1678 se embarcaron en Génova 19 jesuitas con rumbo a Cádiz. De ahí se iban a México y de ellos, siete permanecerían en este país y los doce restantes se embarcarían rumbo a las Filipinas. Pero cuando llegaron al puerto se encontraron con que la flota americana estaba zarpando. Eso significaba que deberían esperar un año al menos en España.


A Sevilla fueron Kino y sus compañeros. Ahí se dedicaron al estudio y a perfeccionar técnicas que les serían útiles cuando vivieran entre los indígenas: "Algunos fabricaban brújulas o cuadrantes, o estuches para estos instrumentos; otros aprendían a destilar brandy, a tallar madera o a usar el torno. Hacíamos eso para impresionar a los gentiles con nuestros artículos y nuestras artes”.

En ese tiempo Kino fabricó un cuadrante y lo regaló al padre Tirso González que, con el tiempo, llegaría a ser superior general de la Compañía y que luego respaldó al jesuita tirolés cuando éste encontraba piedras en el camino de sus misiones.

Desde entonces Kino se mostraba diligente, generoso y, al parecer, con buen olfato para las relaciones públicas.

Pero si algo debía aprender el aspirante a misionero era paciencia: cuando por fin embarcaron hacia las Indias, en junio de 1679, los jesuitas abordaron "El Nazareno", uno de los navíos que componían la flota que se dirigía a México, pero al salir de Cádiz el buque encalló en un banco de arena y comenzó a hacer agua. Se tiró por la borda toda la carga, y el magro equipaje de los padres, y se logró salvar la vida de pasajeros y tripulantes.

En barcas los trasladaron de nuevo al puerto.


Ahí, el procurador, que había pagado una cuantiosa suma por el viaje, se dedicó a importunar a los capitanes de los otros navíos para que aceptaran llevar al menos una parte de los misioneros, aquellos que debían partir hacia el oriente. Al final se fueron once, pero Kino no, y tuvo que permanecer largos meses más en España.



La salida y su destino: California

Por fin, el 27 de enero de 1681, Kino y sus compañeros partieron hacia las Américas. Llegaron a Veracruz a principios de mayo. De inmediato tomaron rumbo a la Ciudad de México a donde arribaron el primero de junio. Ya en su destino Kino se hizo la ilusión de vencer al azar y razonó que, puesto que el padre Antonio, el que había sacado la papeleta para Filipinas, no era hombre para largas temporadas a bordo pues la había pasado muy mal en alta mar, lo más probable era que los superiores lo dejaran en México y a él lo destinaran al Oriente, tal como su manda original preveía. Curiosamente, Kino decidió presentar su punto de vista y luego dejarlo todo en manos de la Virgen de Guadalupe: durante unos meses asistió cada semana a decir misa en el santuario del Tepeyac.

Pero la suerte estaba echada y muy pronto recibió su primer destino: iría a explorar lo que se consideraba la isla más grande del mundo, California, y buscar la manera de establecer ahí un punto de misión. No había, en ese entonces, un sitio más alejado de la metrópoli: de alguna manera se puede decir que la Corona, y sus superiores, lo mandaron a establecer la frontera septentrional de la Nueva España.


En octubre de 1681 partió rumbo al norte. Pasó primero por Guadalajara donde consiguió que el obispo, don Juan Garabito, lo nombrara párroco y juez eclesiástico de California. De ahí siguió hacia la misión de Sinaloa, donde se estaban construyendo las naves para la travesía y donde se reunió con quienes lo acompañarían en su aventura: los padres Antonio Suárez y Mateo Goñi.


Cinco años duró Kino intentando fundar y misionar la California. Al final tuvo que dejarla, pues la Corona estimó demasiado el esfuerzo y el costo, para tan magros frutos. Su experiencia, sin embargo, fue fundamental para el padre Juan María de Salvatierra, quien arribó a las costas de California doce años después, empleó el conocimiento adquirido por su predecesor y fundó sus primeras misiones exactamente donde el jesuita tirolés las habría emplazado.



Nuevo destino: Sonora

Muy pronto recibió Francisco Eusebio un nuevo destino: las misiones de Sonora. En 1617 los padres Andrés Pérez de Rivas y Tomás Basilio se asentaron en la ribera del río Yaqui, en el pueblo de Torim y dieron comienzo a uno de los esfuerzos religiosos y de aculturación más permanentes en el noroeste. De ahí partieron, décadas más tarde, varios jesuitas a establecer puntos de misión en lo que se llamaba el Ostimuri, la opatería, esto es la fracción sur de la gran porción central de Sonora, entre la Sierra Madre y la llanura costera. Para mediados del siglo XVII varios padres subieron por el río Sonora, que cruza la entidad de norte a sur y fueron fundando puestos de misión a lo largo de la corriente.


Entre ellos destacó el padre Bartolomé Castaños, natural de Portugal que penetró al valle de Sonora, "donde fue el primero que llevó la luz del Evangelio. Una cristiandad tan numerosa y florida, no merecía, sin duda, menor fundador y menos padre. Aprendió con tal perfección la lengua y se hermanó tanto con los neófitos, que fue voz común entre ellos, que el padre no era europeo, sino indio sabio de los Sonora". Murió en la ciudad de México en 1670.

Kino supo de él y otros que habían dedicado su vida al servicio de Dios y de los naturales de Sonora. El 20 de noviembre de 1686 emprendió su viaje al norte. Se detuvo en Guadalajara para solicitar de la Real Audiencia que no se permitiera a los alcaldes mayores tomar o causar que ningún indio fuera tomado para el servicio de las minas, hasta que hubiesen pasado cinco años de su conversión; y si fuesen voluntarios que recibieran una paga diaria adecuada. La respuesta fue positiva: la Real Audiencia promulgó una orden que salvaguardaba a los nativos por veinte años después del bautismo. El 16 de diciembre partió hacia el norte con un documento legal inestimable para proteger a los indios. Arribó a Los Frailes, en el mineral de Álamos, el 13 de febrero de 1687.

De ahí siguió a Oposura, el actual Moctezuma, donde residía el padre Manuel González, visitador de Sonora. Este, por fin, le anunció su destino: iría a Cucurpe ("Donde cantó la paloma"), con el padre José Aguilar, en la fuente del río San Miguel, el más remoto lindero de la cristiandad.

Era la última frontera de la Nueva España. Para Eusebio Francisco Kino constituyo, apenas, el punto de partida.


Su labor en Sonora

Él llegó a Sonora a los 42 años y murió en la misión de Magdalena, hoy de Kino, en 1711, a los 66 años de edad. En esos 24 años desarrolló una labor evangelizadora ingente, y puso las bases para un desarrollo económico y social que sigue influyendo a los habitantes actuales de la región.

Al día siguiente de su llegada salió al norte, a buscar pueblos y rancherías dónde asentarse y ejercer su vocación ya añeja. Fue un periplo de 100 kilómetros que le permitió delimitar su base inicial, las aldeas de Dolores, San Ignacio, ímuris y Remedios, situadas entre los ríos San Miguel y San Ignacio. "En todas partes recibieron con amor la palabra de Dios para el remedio de su eterna salvación. Volvimos, gracias al Señor, con bien y gustosos a Nuestra Señora de los Dolores”, nos dice.

En las siguientes décadas se dedicó a fundar misiones, establecer pueblos y evangelizar a los Ootham, los pimas y pápagos del desierto. Su diligencia puso las bases para el desarrollo de la región, pues a donde iba procuraba establecer el cultivo de trigo y un hato suficiente para acomodar las necesidades del padre que vendría. Eso logró, además, terminar con el patrón de nomadismo estacional de los indios, pues a partir de entonces tuvieron un cultivo de invierno el trigo, que complementaba al maíz, que les ocupaba los meses estivales. La cría de reses, por su parte, era una eficaz adición laboral para su economía.


Su recorrido

Kino fundó y dotó con reses y "tierras de pan llevar" los pueblos de Dolores, Remedios, Cocóspera, Santa María, Bacoancos, Guévabi, Tumacacori, San Xavier del Bac, San Cosme y San Agustín, hacia el norte. Al occidente, fundó San Ignacio, Magdalena, Caborca, Pitiquín, San Valentín y Unicut, además de Altar, Oquitoa, Tubutama, Sáric, Aquimuri, Búsanic, Tucubavia y, mucho más al oeste, San Marcelo de Sonoita.


Recorrió a caballo, o lomo de mula, varias veces todo el norte del actual estado de Sonora y la porción sudoeste de Arizona. Era, y es, un desierto surcado por ríos inverosímiles, que consisten en amplios lechos de arena, a veces candente, que sólo traen agua en ocasión de algún chaparrón.

Así llegó al extremo occidental de aquella superficie arenosa para treparse a una montaña y observar cómo la presunta isla de California se une al continente. Como buen geógrafo dio fe de su descubrimiento y dibujó un mapa para uso de futuros aventureros.

Recorrió minuciosamente los ríos San Miguel, Magdalena y Concepción en la actual Sonora, y el San Pedro, Gila y Colorado en territorio de Arizona. Sus trabajos y su dedicación establecieron por muchos años el límite noroeste de la Nueva España y el confín de la cristiandad. Para él esto fue normal: era ser fiel a su vocación de salvar almas y seguir el derrotero que el azar le marcó.

Redacción Por Ernesto Camou Healy, publicado en la revista Jesuitas de México, Número 42, 2008.


Nota bibliográfica:

Para no atiborrar al lector con citas preferí usar, sobre todo, el libro Los confines de la cristiandad, de Herbert Eugene Bolton, con prólogo y apéndices de Gabriel Gómez Padilla, publicado por las universidades de Sonora, de Baja California, de Colima, de Guadalajara y El Colegio de Sinaloa y la editorial México Desconocido. México, DF, 2001.

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