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  • Francisco Migoya Covarrubias, S.J.

70 años que cambiaron al mundo

Updated: Aug 25, 2023

El año próximo se cumplen 70 años de mi entrada en la Compañía; pero cambiaron al mundo. Y un cambio de tal envergadura no podía menos de repercutir en la vida religiosa.

La formación


Mi noviciado discurrió en el estilo austero, reglamentado y recogido, conforme a la más antigua tradición jesuita. Era un volver a la infancia y comenzar a construir una nueva personalidad según el espíritu ignaciano.


Los rigurosos estudios de humanidades y filosofía en un ambiente monacal, sin duda que tenían un gran valor formativo, y el dominio del latín nos daba una ventaja sobre la gente de hoy que, en su lengua original, ya no tiene acceso a la riqueza de la literatura antigua y medieval tan importantes en la tradición cristiana. Pero tal vez se podría decir lo del personaje de García Márquez que, después de tantos años de estudio, el alumno "salió perfectamente equipado con todo el saber necesario para un hombre medieval" y, sorpresivamente, despertó desconcertado en la era cibernética. Hubiera sido cruel, sin embargo, exigir a nuestros formadores que hubieran previsto el cambio de época. Fueron maestros, buenos maestros, pero no adivinos. Nos dieron lo mejor que estuvo a su alcance y gastaron su vida en ello con la mayor ilusión.


Mayor importancia tuvo para la vida sacerdotal el tipo de teología que nos enseñaron. Pocos años después de nuestra ordenación tuvo lugar el Concilio que puso en evidencia la necesidad de volver a estudiar teología para ejercer el ministerio y aun para la propia vida espiritual. Afortunadamente, seis años después de terminado el Concilio, mis superiores me dieron facilidades para ir a Roma y cursar el doctorado con una teología renovada, situada ante las realidades del mundo, y apta para dialogar con los hombres de hoy.


Mucho le debo a la Compañía, especialmente las oportunidades para completar mi formación y prepararme a la vida apostólica. Pensando en dedicarme a colegios, me enviaron a hacer una maestría en la Universidad de Fordham en Nueva York. En busca de un clima más benigno, pasé un año en Nueva Orleáns, donde me gradué en la Universidad Loyola, pero regresé a Fordham para continuar con psicología y, al año, me llamaron a trabajar. Todo esto fue dando un carácter internacional a mi vida de jesuita. Por razones de estudios o trabajo pasé nueve años en España, cuatro en Colombia, tres en Estados Unidos y otros tres en Puerto Rico, once en Roma, cerca de uno en Francia y cuatro meses en la República Dominicana en tiempo de Trujillo. Todos estos años fueron ricos en curiosas experiencias. De ahí que en una época tenía amigos jesuitas y antiguos compañeros por todas partes. En esa variedad de países encontré, generalmente, entre los padres mayores, algunos jesuitas de señalada virtud, de alguno ya está introducida su causa de beatificación. También encontré, a veces, algunos… latositos.


Campos de trabajo

Inicialmente comencé trabajando en colegios y la universidad. Me encantaba el trabajo, la relación alegre y creativa con la gente joven. Posteriormente, pasé con el mismo entusiasmo a dar Ejercicios, a lo largo de 18 años di el mes de ejercicios a más de 400 seminaristas, la mayor parte de ellos hoy son sacerdotes diocesanos que ocasionalmente me los vuelvo a encontrar con el gusto de todos. Más gratificante aún es el trabajo con gente pobre. Se pudo hacer una buena labor en una colonia humilde en Cuernavaca y, ahora, en menor escala, hacemos algo en Monterrey.


En Cuemavaca, mi comunidad, dedicada a la casa de Ejercicios, decidió prestar alguna avuda a la colonia vecina, allí donde acababa el asfalto y comenzaba la pobretería. Después de exolorar la zona y sondear la posible reacción de los vecinos, los domingos comencé a celebrar al aire libre. La gente se asomaba por curiosidad y comenzó a partícipar en la misa; algunos me preguntaban de qué religión era. Pronto un vecino me ofreció el corralito o patio de su casa para celebrar más cómodamente. Al poco tiempo platicando con el señor José Mata, dueño de la casa de Ejercicios me preguntó qué andaba haciendo, cuando le expliqué la situación se ofreció a ayudarme. Inmediatamente le respondí que si quería hacerlo construyera la capilla, porque aquella gente no estaba en condiciones. Accedió gustoso, pero no fue tan fácil porque eran terrenos ejidales. Después de largos trámites y más de un año de espera se construyó la capilla, luego el dispensario... hasta terminar en una próspera obra social en la que actualmente trabaja una comunidad de religiosas.


En la hora de la tormenta

No puedo silenciar el momento más difícil para mí, como para la mayoría, que significó la crisis posconciliar. El mundo había cambiado, también había cambiado la Iglesia enviada al mundo. La Compañía no podía quedar al margen; surgieron tensiones y conflictos. Se vivieron momentos muy dolorosos. No me dejé enrolar entre los acelerados, me moví con lentitud tal vez molesta para algunos. Pero el hecho es que de mi generación fui el único que se fue a Europa a estudiar tres años de teología posconciliar y luego he dedicado gran parte de mi tiempo, energias y cariño al trabajo con los pobres.


Afortunadamente, aquellos tiempos pasaron y hoy, pese a la escasez de vocaciones en el primer mundo, sobre todo, el campo que se le abre a la Compañía es espléndido. Especialmente abundan las vocaciones en los países asiáticos que es donde está el mundo del futuro.


¿Cómo me situó ante mi futuro?


A mi edad ya no tengo futuro, mi futuro ya es presente, ya estoy llegando a puerto. Ya es tarde para recuperar tantas posibilidades de santificarme que neciamente dejé de aprovechar. Es hora de pedir perdón al Señor por todo lo negativo y de confiar en su misericordia. En mi formación había un gran entusiasmo por la devoción al Corazón de Jesús y eso me ayuda a poner en sus manos toda mi esperanza y prepararme con entusiasmo al encuentro con el Padre.


Migoya Covarrubias, S.J., F. (2007, mayo - agosto). 70 años que cambiaron al mundo. Jesuitas de México. Revista de la Compañía de Jesús. Toda una vida jesuita 2, 39.


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